lunes, 25 de julio de 2016

La vida es una caja de bombones


 Mrs.Gump se lo decía a su hijo, nunca sabes lo que te va a tocar. El borracho de la canción Pedro Navaja decía que la vida te da sorpresas, soooorpresas te da la vida. Y yo digo que sí, que los dos llevan razón, pero que la vida compensa siempre y ni todo es bueno, ni todo es malo.


 Va a hacer tres años que llegó mi primer tesoro, tras un embarazo magnífico y muy disfrutado. Superados momentos angustiosos las primeras semanas, todo se desarrolló bien y fuí la mujer más feliz del mundo con mi milagro hecho carne a cuestas. 

 No he vuelto a sentirme tan acompañada como entonces, jamás, ni siquiera ahora que tengo a los dos rorros conmigo. Mi adorado niño y yo éramos indestructibles. Ni los acontecimientos desgraciados e intensos que padecieron personas muy queridas para mi, en aquella época, empañaron mi felicidad. La vida giraba a mi alrededor con sus preocupaciones y agobios ¿y a mi qué? ¿Qué más daba lo que me ocurriese, que importancia podría tener? ¡Estaba embarazada! Y mi pequeño venía siempre conmigo, removiéndose contento como queriendo confirmarme a cada instante su vitalidad y su fuerza. Al lado de eso todo era tan fútil, tan absolutamente... insignificante...

 Me recuerdo inmensa y feliz, hablándole a mi vientre y caminado por un arcoiris de alegría mientras piaban pajaritos, ajena a todos y a todo: estreses laborales, disgustos, contratiempo varios... Mi barriguita y yo (¿barrigona? ¿auténtico zeppelín??) habitábamos un universo paralelo y éramos inmunes a cualquier historia chunga: era feliz. Y el papá...jamás tuve tanto ascendiente sobre el papá como entonces, cualquier comentario mío, cualquier petición..era atendida al momento, sólo tenía que abrir la boca. 

 Y no solo con el papá; el mundo, que habitualmente arrasa con todas nosotras, de pronto, respetaba: estás embarazada nena, and you've got the power. En los pasos de cebra me bastaba alzar la ceja para que todos frenasen instantáneamente, mientras yo cruzaba orgullosa y cansina con mis sixteen tons a cuestas, lanzando miradas llenas de dignidad y reprensión a partes iguales. Que estoy embarazadísima, little eye with me...



  El nacimiento sin embargo no transcurrió como esperaba. Gracias a la doctora que nos asistió tanto mi retoño como yo llegamos a buen puerto y, sin embargo, mi cabeza quedó más averiada creo que mi barriga... Es curioso como funciona la mente, la mía al menos. No recuerdo cuando, ya consciente, conocí por fin a mi tesoro y lo cogí en mis brazos; ni su primer día, y la memoria de los días del hospital es borrosa, y se confunde con las miles de fotos que miré tantas veces, intentando rescatar aquellos momentos. Sin embargo tengo grabada la escena de la salida cuando ya de alta nos íbamos para casa. Estaba con mi hombre, con mi niño, con mis queridas hermanas...Recuerdo a mi cuñado un poco más atrás sonriente, viéndonos a las hermanas reir y llorar en una despedida cómica y eterna, ¡no acabábamos de entrar en el coche!...Cada vez que voy al hospital a alguna consulta y me acerco a la escalinata de la entrada sonrío recordándolo. 

 Llegamos a casa y, en teoría, empezó nuestra andadura como padres; pero con la perspectiva que da el tiempo diría que no tanto...mi mayor fue un bebé guapo, tranquilo, dormilón...un auténtico lujo. Alguna dificultad para instaurar la lactancia y listo. La maternidad es un aprendizaje, hay instinto pero la base es el aprendizaje, y con un bebé tan fácil de criar disfrutas enormemente pero no aprendes tanto...eso vendría más adelante. Por entonces estaba en la fase de venirme arriba, y sentirme poderosa viendo a mi cuchi-cuchi-cochita-pechocha crecer, sonreir, dormirse en modo bicho-bola, despertar a mami ¡ay que malote! de noche a las dos, luego a las siete, y ya. Esto de recién...en nada dormíamos tropecientas horas seguidas, los tres, porque por entonces el papá estaba también en casa. Sí, lo sé, eso no era maternidad reciente ni ná, dábamos mucho asco.
 

 Pero mi matriz patológica no concedía tregua y la opción para un nuevo embarazo pasaba por no esperar, con lo que rápidamente fuímos a por el deseadísimo segundo bebé. Y los planetas se alinearon...algún día relataré mis experiencias con la reproducción resistida que así, a toro pasado, son menos angustiosas. Hubo suerte de nuevo, y El Rubio se abrió camino entre las cicatrices de mi útero maltrecho, y se hizo fuerte...¡y además de verdad!. Porque para entonces su hermano se ponía en pie, y de aquel bebé manejable y cómodo de criar nunca más se supo. 

 Os hablaría del embarazo del Rubio...si me acordase. Tooodo mi riego sanguíneo, el que quedaba libre de las exigencias del embarazo y de la oficina, se dedicó en cuerpo y alma a perseguir al Moreno y evitar que se abriese la crisma. Y a frustrarlo, ¡cómo no!, el eterno papel de las madres, unas cortarrollos. Ni disfrute, ni caminito de arcoiris con pajaritos cantando, "nin farrapos de gaita". Cada vez que recuerdo como calculé mal mis fuerzas, embarazadísima de ocho meses, y atrapé al Moreno in extremis justo cuando en su carrera estaba a punto de embestirlo un coche, se me paraliza el corazón. Y también de ocho meses estaba cuando se cayó, golpeándose la cabeza con el canto de una mesa de mármol. Ese era mi día a día durante el embarazo del menor. Para mayor abundancia, por entonces el papá ya trabajaba fuera, con lo que estaba sola. Les juro que me estrujo la neurona para poner algún comentario chistoso y salao, pero de verdad que no me sale.

 Y así, lidiando con un kamikaze de quince meses llegó a su fin mi segundo embarazo, sin que apenas fuese consciente de él. Mi barriga crecía por su cuenta y riesgo, a su bola totalmente, presagiando lo que sería un rasgo de la personalidad de su inquilino. Llegó el día fijado para el aterrizaje en Estacasa del nuevo miembro y parí... a un umpalumpa. , tal cual, ya me dirán ustedes si no, qué es un bebé en pijama con cara de señor y cabeza abombada que siempre miraba fijamente y muy serio, con el ceño fruncido, como reprobándolo todo (a mi incluída). Por entonces El Rubio ni siquiera era rubio. No hacía el más mínimo esfuerzo por caerle bien a nadie, y en sus ojitos escrutadores había un gesto como de perdonavidas, una aprobación justita, al más puro estilo "podía ser peor...". Pero no se confundan, lo mío con mi umpalumpita fue amor a primera vista.Y esta vez desde el quirófano, desde que unos rostros sonrientes tocados con un gorro de ducha me gritaron "¡¡levanta la cabeza Estacasa que ya sale!! ¡¡ya sale!!" y a continuación izaban un bulto rosado y blanquecino, que más parecía una víscera que un bebé. En medio de mi malestar por la cirugía, de mis nervios y mi confusión, alguien lo acercó a mi mejilla y note el calor de la piel más suave que he sentido jamás. Se desató la locura en mi corazón: tenía otro hijo, estaba fuera, estaba bien y era todo mío ya. Nunca un bebé con cara de viejito y hechuras "extrañas" le hizo tanta gracia a su madre. Todo en él era hermoso en su imperfección: las marcas de nacimiento enrojeciéndole cuello y cara a trozos, la cabeza abombada (y no por el parto), los dos hoyuelos en el mismo lado ...Desde el minuto uno lo reconocí y lo sentí mío, es curioso, a pesar de haber vivido su embarazo por y para mi mayor. La mamá de Forrest decía que la vida es una caja de bombones y es cierto pero también lo es que a la larga siempre se equilibra. A mi me dió un embarazo y un parto maravillosos... solo que con hijos distintos.
 

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