domingo, 20 de agosto de 2017

Vacaciones, vacaciones



¡Henos aquí! ¡Henos, de Pravia! Ya estamos de vuelta en casita tras unos días de vacaciones y dos mil kilómetros en el cuerpo, ¡ole y ole!. Volvemos cansados, desconectados de la rutina, rojos como cangrejos digoo con colorcillo, un montón de kilos de más y un montón de pasta de menos. Y con unas cuantas experiencias acumuladas en la memoria. Lo normal de las vacaciones, vamos. 


 Las vacaciones familiares con los nenes tan chiquitos nos planteaban este año retos diferentes a los anteriores, y en mi opinión más grandes. Sigo pensando lo mismo: la etapa de bebés es la buena, la cómoda. Llevamos tres años viajando con los niños y este ha sido el más complicado con diferencia. En los dos anteriores, con el Rubio de cinco meses y un añito respectivamente, "sólo" nos teníamos que preocupar del Moreno que siempre fue muy fan de darlo todo namás salir de casa. Este año teníamos dos fans a falta de uno, y la combinación dos años y medio y cuatro añitos recién estrenados resultó mortal de necesidad. Dos nenes saludables y robustos sin carrito ni porteo ni ...libres totales, es demasiado. Añadamos que el peque está en plena operación pañal, ya sabeis, ese nombre molón que define la etapa nada molona en la que el niño se mea y se caga donde bien le parece (y no puedes volver al pañal si no quieres tirar por la borda el "trabajito" que llevas encima hasta la fecha), y la emoción está servida. Confieso que el pañal cayó en alguna ocasión...sí, sé que puse en peligro la continuidad de la vida tal y como la conocemos pero lo hice, ¡claudiqué!, llamadme floja... en el restaurante volvimos al pañal, esperemos que la Tierra siga girando... 

 Todo empezó con un viaje de seiscientos kilómetros de norte a sur en busca del verano, ese que los del norte sabemos que existe, como Teruel, pero que nunca vemos como no sea en el telediario, (donde nos cuentan cosas horribles sobre la caló y nos enseñan letreros que marcan cuarenta grados a la sombra en territorios llenos de exotismo tropical que, por increíble que parezca, están en nuestro mismo país). Y persiguiendo ese verano en el que no llueve ni hay que usar chaqueta bajamos por la ruta de la plata en dirección a Cáceres, nuestra parada de lujo para hacer noche. Cáceres, ya lo dije en alguna ocasión, merece mucho más que una parada técnica para continuar al día siguiente carretera y manta. Pero que mucho más. Solo que nuestro destino final son las playas de Cádiz, a cuatrocientos kilómetros más al sur, y por esta vez debemos conformarnos con disfrutar de Cáceres una sola noche, cenando en una terraza de su casco antiguo y paseando por el mismo bajo una temperatura inusualmente suave. Una gozada.



  Yyy... ¿cómo os fue en el viaje con los rorros, con tantas horas de coche? -os preguntareis, mordiéndoos las uñas hasta los muñones- pues bien, sorprendentemente bien. Muy bien, diría yo. Y es que los nenes se portaron de fábula en dos sitios estas vacaciones: en los restaurantes y en el coche. Vengo agradablemente sorprendida, y muy contenta por ello. En el coche apenas nos dieron la tabarra, entendiendo por tabarra ponerse a llorar como si no fuesen a callar nunca. Eso no. Y tampoco se marearon, ninguno de los dos. Ni preguntaron seguido "cuánto falta". Niii... nada, en realidad, se encaramaron a sus tronos y tiraron millas como dos paisanos. 

 Será por la cantidad de kilómetros Coruña-Gijón que llevan en el cuerpo desde que nacieron, será porque su padre es conductor profesional, o porque a servidora le gusta conducir, el caso el que el tema coche lo llevan de vicio. Lo habitual es que se duerman en cero coma, y que cuando despierten se entretengan bastante cantando, jugando, peleándose, o mirando el paisaje. Unos profesionales de la carretera, mis niños. Sin teles, ni radio, ni ná. Eso sí, con una pléyade de cachivaches que suministro con planificación prusiana, para que no decaiga su interés pero tampoco se me agoten las existencias antes de tiempo, que son muchas horas de viaje las que tenemos por delante. De este modo, escalonadamente, van haciendo su aparición el resto de pasajeros del coche: el pitopótamo, la chancha, la vaca, el inossaurio, "el" coche (bueno...unos doscientos coches aprox...) el cuento, el otro cuento, el deléfono, miki maus, la rana y un larguísimo etc. van desfilando por los asientos. Y así, peleándose por los juguetes, chillando para que recojas los que contínuamente se les caen, y negociando intercambios van pasando el rato. También jugando, desde luego. Y por supuesto cantando. Mucho. Al final va a resultar que todo se hereda, y no solo el color de ojos o la estatura. El genio vivo también se hereda. Y el culo inquieto. Y la afición a cantar en el coche. Y a abstraerse por momentos para espabilar de pronto y comentar la jugada, sea la que sea: unas vacas paciendo, un incendio, una fila de aerogeneradores o el mismísimo toro de Osborne. Son muy pequeños y todo puede cambiar, pero diría que tienen el mismo gusto por la carretera que su padre y su madre. Born to be wild, se ve...


  Finalmente llegamos a Sancti Petri y la playa de La Barrosa, nuestro destino final. Allí pasamos nuestras vacaciones en una playa espectacular y un hotel plagado de tentaciones para disfrute de mis churumbeles y mi desesperación, porque conseguir que los dos caminasen en la misma dirección, a ser posible a un ritmo similar y sin cargarse ninguna planta/huéspeddelhotel/cosasvarias ni dejarse los propios piños por el camino requirió de un nivel negociador que ni en la ONU. Veamos un ejemplo: imaginad que queremos ir a la playa, ¡qué sé yo!, una ocurrencia como otra cualquiera. Para ello, como resulta que la habitación está a tomar por c... a la entrada mismo del hotel, que es enoooorme, debemos atravesar el resort enterito lo que incluye pasar de largo por las diferentes piscinas, juergas de animación varias, chiringuitos suministradores de sumo de narafa, el barco pirata, y la tienda de los chupa chups. Claro que sí. ¡Ningún problema!. Tú vas a la playa, sí.... Tus niños van a su bola: uno tira para la primera piscina que aparece y otro para la tienda de chupa chups, que para eso llevan dos días enviciados con el todo incluído y ya son los amos del lugar. Porque no se van a perder los dos por el mismo sitio, simplificándote a ti el rescate ¡faltaría! 

 Convencerlos de que la playa también mola es misión imposible, con lo que finalmente uno o los dos caminan a rastras y llorando. La escena se repite cuando decides irte de la playa. Eso sí, en cuanto alcanzas nuevamente el recinto del hotel vuelven a desperdigarse. Tu meta, recordemos, está a tomar por c... lejos, a la entrada del hotel y en esta ocasión además cuesta arriba. Y así toooodas las idas y venidas, en una agotadora sesión contínua de negociaciones que rara vez llegan a buen puerto. Si toca piscina quieren ver dibufos, si ofreces agua piden sumo, y así con todo. Los mil y un desplazamientos diarios a la playa, a los comedores, a la pisci...con dos nenes cabezotas a la par que dispersos son una pesadilla: que si uno no quiere andar, que si el otro corre por el camino contrario, que si ven una salamandra, que si se activa el riego automático...todo es motivo de fiesta y jolgorio mientras por el camino tiran las gorras o pierden el juguete de turno. Y yo cuento hasta cien mientras recuerdo los tiempos en que al menos uno iba neutralizado en la sillita con auténtica nostalgia. Y cuando iban uno en la sillita y otro en el cangurito...¡ah! ¡qué felices éramos, sin saberlo!



 Estas son las cosas con las que no cuentas: hay que vivirlas. Porque una en su inocencia busca un hotel plagado de entretenimientos para la familia pensando en lo mucho que sus hijos disfrutarán. Y lo hacen, desde luego...pero cada uno en un sitio. Con lo que uno, al menos, estará siempre mosqueado. Porque estais en la pisci del barco pirata y uno quiere ir a la del pez. O porque los llevas al agua y uno quiere ir a los columpos. Y como además tus niños son dignos hijos de su madre si no los llevas donde quieren no pasa nada, se van ellos solitos y punto pelota. En cuanto a ti, ya puedes correr. Eso sí, ¡decide tras de quién!, porque te pasarás evaluando riesgos y decidiendo cual Sophie a qué hijo salvas de un posible peligro todo el día. El paso del modo familia estándar al modo monoparental estaba cantado: un adulto con cada niño. Este segundo modo tiene la ventaja añadida de permitir una vigilancia correcta de las criaturas, pero no es lo que habías planeado para las vacaciones. Un día descubres que el móvil está plagado de llamadas al padre; ¿dónde estáis? es la pregunta del millón. Las más de las veces estás con uno de tus hijos y no tienes ni idea de dónde andarán tus otros dos hombres. Así que una vez más en esto de la maternidad toca improvisar, olvidarse de la postal de anuncio y adaptarse a la realidad. No tendrás un baño piscinil familiar pero disfrutarás de chapuzones con tus dos hijos únicos en exclusiva. Recorrerás las piscinas de mayores cantando bajito con el Rubio agarrado a tu cuello, y trotarás por la pisci del barco pirata vigilando que el jolgorio que se trae el Morenito no acabe en drama. También habrá momentos en los que entrarán juntos a la misma piscina, ¡claro que sí! como las alineaciones planetarias. Esos momentos, plagados de tensión por si caen de morros a la zona que cubre, te proporcionarán unas cuantas risas amén de otras tantas contracturas sujetando brazos y piernas mientras te subes ene veces la braga del biquini.
 Las comidas sin embargo resultan muy bien: en casa imaginaba momentos contínuos de tensión por su mal comportamiento en los comedores y sin embargo me sorprendieron portándose muy correctamente para su edad. No se levantaban de sus asientos, no arramplaban con el servicio, no hacían ruído, no tiraban todo al suelo...Incluso nos permitimos el lujo de dejarlos solitos en la mesa mientras el padre y yo nos dedicamos a arrasar el buffet. Un gusto, y una comodidad. Y tras las cenas, llegaba el momento estelar de la noche...¡la minidisco!. Mis niños, como digo dignos hijos de su madre, se plantaban delante del escenario en primera linea a brincar y palmotear. A mi alrededor, en las mesas donde nos instalábamos los adultos, pululaban niños a los que sus padres empujaban hacia el escenario en un vano intento porque superaran su timidez. "Es que le da vergüenza" oía yo a menudo mientras veía al Moreno saltar y al Rubio girar sobre si mismo hasta marearse, trastornados por las canciones y los bailes. Mis rorros no son vergonzosos, al menos para eso, todo lo contrario. Hoy mismo cantaban una de las canciones que "aprendieron" en el hotel. Teniendo en cuenta que era en alemán, tiene su mérito. Lo que está claro es que son carne de fiesta: les gusta la jarana un rato largo, repito que no sé a quién habrán salido...


otro vergonzoso como mis rorros


 Pero lo mejor sin duda fue la playa que teníamos a pie del hotel, la famosa playa de La Barrosa, espectacular como todas las de Cádiz. Y aclaro, porque algo sabremos los gallegos de playas espectaculares, de playazas grandiosas, tipo Carnota, tipo las Catedrales...las de Cádiz son así pero con la ventaja de que no te criogenizas cuando te bañas. Y que hace calor y no llueve, fundamental esto. Por lo demás como las nuestras: grande, con olas, con olor a mar, con brisa (y sin levante, tenemos suerte y nunca nos hizo levante llendo a Cádiz)...un lujo de playa. Esos días disfrutamos a tope, los nenes están más tranquilos y es más fácil vigilarlos. Juegan en la arena y en la orilla, y yo me permití incluso alguna cabezada...sí, no me fustigueis, ya pagué mi irresponsabilidad poniéndome roja cual cangreja. 

La Barrosa, espectacular
  
 Así pasamos estas vacaciones, enturbiadas solo por mi querida migraña que ¡cómo no! me acompañó cuatro de los siete días de hotel. Para otro post dejo contaros mis peripecias a las seis de la madrugada buscando por Chiclana una farmacia de guardia. A la vuelta decidimos hacer el viaje del tirón, sin parar a dormir, y la jugada salió redonda. Cenamos en León, otra ciudad magnífica de las muchas que jalonan la autovía de la plata, y llegamos a Gijón pasada la una de la mañana. 

 Descansar no descansamos mucho (no descansamos nada, en realidad) pero nos divertimos y, sobre todo, desconectamos al cien por cien de la rutina diaria. Ahora toca volver al trabajo, ¡qué lástima! Y a soñar con nuevas escapadas de fin de semana que nos consuelen hasta las próximas vacaciones.


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