lunes, 29 de mayo de 2017

39 y medio de fiebre


¡Lástima que lo único que tuvimos en común fue la pose!


 La cabeza ardiendo, los pies helados, lo llevo en brazos hasta la cama de mi dormitorio mientras apoya su mejilla en mi hombro dejándose caer totalmente, como un saco de patatas. ¡El, que normalmente no aguanta ni un segundo amarrado a nada...!



 -¡Joer cómo pesa este crío! -Tengo la espalda hecha un cuatro.

 No para de llorar, solo quiere colo (cuello dicen los asturianos). 

Había pasado la tarde gastándome el nombre -¡mami! ¡mami!- sin fiebre por las medicinas pero llorando por cualquier nimiedad. Don independiente de pronto no podía vivir sin mi, ni comer sin mi, ni hacer pis sin mi. Aparentemente estaba bien, pero rrarroooo, rarroooo.... rrarro. Raro de narices. Total que a la noche tuvo un subidón de fiebre y mi bebote hermoso no paraba de llorar.

 Llora también cuando lo tiendo en la cama, en las sábanas fresquitas. Llora cuando le quito los calcetines, porque el pijama no me veo capaz: lo veo apretar los puños agarrado al pantalón y pienso en el vecino de abajo y desisto, realmente no vale la pena. Desnudar a mi Rubio sin su colaboración es misión imposible, así que me tiendo a su lado intentando calmarlo de todas las maneras que se me ocurren sin resultado. Hace apenas tres horas que tomó el chute de dalsy pero vuelve a tener fiebrón. Se enreda a mi con las piernitas, intento separarlo para que se refresque mejor pero redoblan los llantos. Lo abrazo y sigo hablando bajito, y se calma un poco (poco) tumbado boca abajo sobre mi. 

 Pegado a mi cuerpo y con el pijama puesto solo pienso en que se va a achicharrar. La doctora a la que consultamos telefónicamente nos insistió en que hasta la hora equis sólo podíamos actuar con métodos físicos: paños húmedos, un baño...Si nos viera, se preguntaría qué parte del mensaje "bajar la fiebre" es el que no entendí...El nene arde, con sus ojazos inmensos resecos y sus mejillas coloradas, respirando entrecortadamente enterrando su carita entre mi cara y mi cuello. Arde pero por fin se calma: coloco con suavidad su cabeza sobre mi hombro y nos miramos fijamente, yo con una sonrisa enorme y él serio a más no poder. 

 Y ahí estamos, el Rubio y su mamá. "Tenemos" 39 y medio de fiebre. Si las miradas hablasen yo le diría que tiene pupa y no pasa nada, que enseguida podré darle la medicina y estará mejor. (Esto si hablasen: porque si las miradas matasen no quedaba ni rastro de patógenos en el cuerpecito de mi niño) Y le diría...¿qué más le diría? ¿Que lo quiero con locura? ¿Que no quiero verlo así? ¿Que le sacaría los ojos uno a uno a cada microbio...si tuviesen ojos? Por eso no hablan las miradas, porque hay cosas que al decirlas suenan a a hueco, a lugar común. No, es mejor mirarse fijamente y no decir nada, yo sonriendo y él megaserio, y dejar las palabras para decir cosas como lo que estoy sudando, o que se me duerme el brazo, porque hay que ver cómo pesa la cabeza de este crío...

 Pruebo a ponerle la toalla mojada, a quitarle el pantalón...no hay forma. Cada intento de hacer lo correcto supone renovar los llantos a grito pelao. El Rubio quiere cocerse pegado a mi, nada más. Dudo entre imponerme por la fuerza y desnudarlo, o dejarlo tranquilo en ese sopor febril disfrazado de calma aparente. Opto por lo segundo y ante el enésimo intento frustrado de refrescarlo con la toalla  me la acabo poniendo en la nuca. ¡Madre que alivio!...tenía que habérseme ocurrido antes. También me bebo el agua que mi Rubio no quiso y así, tumbada boca arriba con el nene sobre mi, continuamos mirándonos fijamente, yo sonriendo y él no, hasta que poco a poco se le fueron cerrando los ojos.

 Quiso Murphy que cuando por fin empezaba a dormirse llegase la hora de poder darle la medicina. Nueva sesión de lloros y nuevo rato laaaaargo para conseguir calmarlo. Y otra vez nos tumbamos, frente a frente esta vez, diciéndonos con los ojos todo lo que las madres y los hijos nos decimos solo así, o mejor dicho diciéndo yo y mi Rubito escuchando, pues él no es de hablar. Es de mirar: fijamente, serio, y en silencio. Es así desde que me lo pusieron al lado en el quirófano. Así subió conmigo a la habitación, así pasamos nuestras primeras horas. Mirándonos. Como ayer.

 Toda la noche estuvimos con despertares - ¡mami! ¡mami! -  volviéndonos a dormir después de pasar un ratito mirándonos sin hablar. Con su pie sobre mi barriga y su mano enganchada a mi pelo, duermo como puedo pensando en noches estupendas en las que dormí del tirón. Sin embargo no consigo recordar ninguna de ellas, es lo que tiene dormir, mientras que la de ayer me dejó un poso de...de no se qué...de cosita. Porque hoy, ya sin fiebre, el centro de atención del nene volvió a ser su hermano, y era a papá al que acudía ante cualquier petición. No necesitó ninguna medicina y, si bien no salió de casa por precaución, está totalmente recuperado. Hizo todo lo que se espera del Rubio: comió como una lima, jugó solo tranquilamente, dibujó, vió la tele y casi se deja los piños intentando alcanzar las galletas por su cuenta y riesgo. Solito, pues su hermano aprovechó el domingo libre del papá bajando a la calle mientras que el Rubio se quedó conmigo en casa. Pero vamos, ningún problema. La fiebre desapareció y don independiente volvió por sus fueros.

 -Mami, tú no- me suelta cuando me acerco para llevarlo al baño. 

 Rubio traidor...


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