Mañanita de sábado. Por obra y gracia del exceso de mocos y toses que pulularon por Estacasa son las ocho y aún duermen los nenes, cansados tras varias noches "reguleras". Lo cierto es que los microbios aún pululan, convidados por el padre de las criaturas esta vez pero él, pobre, poco cuenta. Abro un ojo incrédula ante lo que observo y me convenzo de que sí, que efectívamente...¡no se oye nada!. Y cierro el ojo rápido, no sea que se me escuche pestañear y la cague. Al rato la curiosidad me puede y vuelvo a abrirlo: hay luz a raudales colándose por todos lados y sin embargo el silencio sigue ahí, ¡es mágico!. Estoy por levantarme, mosqueada ya con tanta tranquilidad, pero entonces escucho abrir puertas y las pisadas de mis trotones, y mis ganas de levantarme se desvanecen con la misma velocidad a la que llegaron. Rezo para que el papá se haga cargo y efectívamente, se levanta él; debía estar tan mosqueado como yo con tanta paz raruna en Estacasa. Se van para "dejar...