sábado, 10 de diciembre de 2016

Vivir cantando (o de como la maternidad proporciona momentazos)


 He cantado toda mi vida. Siempre me gustó cantar. Supongo que lo heredé de mis padres, bueeenooo...supongo no: lo heredé de mis padres. Mi madre cantaba mucho y bien, mi abuelo materno igual. Mi padre se apoyaba de espaldas en la puerta de la cocina para cantar Tintarella di luna mientras hacía la percusión con las manos sobre la hoja de madera, y se revolucionaba la cocina con tanto twist. Y mi abuela paterna no cantaba, pero corregía todas las letras que cantabas mal. La recuerdo sentada con las manos en el regazo interrumpiendo cualquier tatareo "así no es, empieza así..." y a continuación recitaba más que cantar la estrofa en cuestión ¡Ay! como te equivocaras con el estribillo o con lo que fuera...


 Curiosamente, el hecho de que todos cantásemos no ayudó en mi por otro lado irrelevante carrera musical. A la música en casa no se le daba ninguna importancia: todo el mundo cantaba, como a todo el mundo le dolía la cabeza. Se valoraban las matemáticas, o el inglés. Aprendí de mayor que eso no era así, que cantar y bailar con dignidad es un don que no todo el mundo tiene, lo mismo que las jaquecas, otro "don" considerado universal que tampoco es inherente al ser humano, (solo si el ser humano es de mi casa o de cualquier otra familia de jaquecosos). Esta claro que padres no hay más que unos y que como en casa en ningún sitio, pero alcanzada cierta edad hay que volar y ver mundo, airearse, aprender y cuestionar las verdades verdaderas que mamaste de tus padres. Hijos míos, esto va también por vosotros y por todo lo erróneo que os pienso inculcar a sangre y fuego, avisados estais.

 Cuando me apunté a mi primer coro tampoco pasó nada extraordinario, con excepción de la primera actuación. Eramos un coro de cámara, esto es, cuatro gatos. No un orfeón de 40 personas en el escenario, que si uno no canta ni se nota (a veces incluso hasta se agradece). No. Cuatro gatos. Fue en un teatro, no recuerdo si en el Teatro Colón o el Rosalía en Coruña, pero sí recuerdo el telón rojo que se abría lentamente dejando paso a un espacio negro aterrador. Había gente allí, que tosia y eso, y me quedé clavada en el escenario. De emitir algún sonido por la garganta ni hablamos: abrí la boca en un play back descarado y gracias. Tuve unas agujetas de morirme porque no moví un músculo: tal cual estaba cuando el telón me destapó así me quedé la hora larga que duró aquello. Estaba rígida, y ni me di cuenta. Pero no duró mucho ese pánico, de ahí a plantarme en la primera fila a cantar a voz en cuello y encima disfrutarlo no pasó mucho tiempo. 

 Canté en más coros de cámara, entre ellos el que considero el mejor de todos en los que he estado. Canté en el coro del conservatorio sin haber pisado jamás uno como alumna (una larga historia...) Cante en el coro de la Orquesta Sinfónica de Galicia (y cantaba eh?, no hacía play back aunque éramos un coro sinfónico, esto es, ciento y la madre) Canté oratorios, sinfonías, motetes, óperas y un sinfín de misas. Canté zarzuelas y ¡cómo no!, habaneras (estaba en los coros, era inevitable). Canté...

 Canté por Isabel Pantoja, por Marcela Morelo, por El Consorcio, por Paulina Rubio... Y por Pimpinela, sí, todos tenemos un pasado. Y encima me gustaba y lo pasaba bien. Porque lo del coro mola mucho y tal pero no ves un duro. Mientras que en la BBC la cosa mola también pero además, cobras. Y tienes el gran aliado del cantante: el micrófono. Lo de cantar a capella es...maravilloso, pero durillo. Físicamente digo, porque mentalmente es de lo más saludable y relajante que se puede hacer. Esos acordes, esa armonia retumbando en tu cerebro conectado al de los otros 60 que están contigo alcanzando a la vez el nirvana....Coño, releo esto último y parece que hablo de sexo, pero no. Es un gustazo sí, solo que de otra forma. La música para mi es el lenguaje del cerebro, después de todo hay mucha matemática en el interior de los compases, en la composición...Pero lo dicho, físicamente es duro. Un concierto decente implica mucho trabajo. Muchos ensayos, mucha concentración y ya tras el concierto mucho cansancio, sobre todo vocal. En la BBC es diferente, yo cantaba con otros dos compañeros y lo que hacíamos, fundamentalmente bodas y algún evento, sólo cansaba a los altavoces. Encima era pesado algunas veces, pero muchas otras era divertido. Y cobrabas. Por cantar. Alucinante.

 Mis padres lo veían supongo como una estravagancia más de su hija menos convencional. Nunca me dijeron nada negativo pero tampoco me apoyaron o se alegraron de mis modestos ascensos en el escalafón coral. Ni siquiera cuando logré entrar en el coro de la Orquesta Sinfónica de Galicia, supongo que pensaban que si entraba yo era que el coro era regularcillo. No los culpo, nunca me sentí mal por ello ni entonces ni ahora. Lo tenía asumidísimo, simplemente en casa no se valoraban las cualidades musicales. Ocurre que en eso soy muy distinta a ellos. Muchísimo.

 A mis hijos, toíto se lo consiento menos una oreja de palo. Si no tienen sentido musical los repudio, capaz que soy. Y el padre lo mismo, que para eso tuvo un grupo en sus años mozos y aporreó diversos intrumentos. En Estacasa la música es sagrada. Y ecléctica. Aquí se canta la Traviatta y reaggeton, no tenemos vergüenza. Viene esto a cuento para que entendais la magia que viví ayer tarde con los rorros, y lo que significó para mi.

 El Moreno y el Rubio tienen una madre viejuna, es lo que hay. En Estacasa los cantajuegos se mueren de asco: lo que triunfa son los payasos de la tele y la familia telerín. ¡Con deciros que cantarles la bola de cristal o fraggel rock me parece megamoderno! Y en consonancia el repertorio que me escuchan cantar es el que triunfaba allá en Atapuerca, desde Boney M hasta el Hola Mamoncete, el hit en Estacasa cuando eran bebés de pecho, ya dije que soy mucho de vivir el momento. En resumen, se cantan los clásicos.




 Para mi satisfacción, a los nenes les gusta la música. No les cuentes un cuento, que ni caso te harán. Pero cántales y los tendrás atentos y razonablemente quietos. Ahora unas palmas, ahora un bailecito y son felices, los dos. El Moreno hace sus pinitos y tararea muchas canciones para mi alegría y sorpresa, porque a veces las retiene apenas las escucha. Mi Moreno promete. Mi Rubito pues...no habla. Acaba de cumplir dos años y apenas dice "ma" (que soy yo, me salió comodona la criatura), "aba" y "pa" (agua y pan, juro que le damos de comer más cosas, pero es lo único que dice). Total, que estábamos en la cocina, ellos merendando y yo fregando cazuelas y dándolo todo con temazos que harían temblar al mismísimo David Guetta...de terror, claro. En concreto el "Yo te diré" de Los últimos de Filipinas, que a cuento de la peli me ronda estos días la cabeza y "Eres tú", de Mocedades, una de las favoritas del Moreno. Se arranca mi mayor, y lo escucho defender con confianza y desafinaciones penadas por la ley un estribillo que vocalmente tiene su miga, y me derrito toa.  

 Y en esto, señores, mi Rubio, que no habla pero sí canta, como corresponde a la estirpe de tan vocinglera madre, se lanza también con unas vocales "eee-EEE-uuu" tras las que se reconoce sin duda el himno de Mocedades. Por primera vez los tres, en la cocina, cantamos tres versiones a cada cual más bizarra la misma canción. Los tres, juntos, maravilloso. Horas después aún me estaba limpiando las babas.

 Enseguida el Moreno atacó con "La bicicleta" y ahí estuvimos los dos mano a mano, latiendo el uno por el otro. El Rubio enmudeció nuevamente, nos ha salido exquisito en cuanto al gusto musical. Al Rubio, o le pones el Eres tú en la estupenda versión de Daniel Diges, la que escuchamos en Estacasa, o nada.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Quieres decirme algo? Cuéntame...