martes, 29 de noviembre de 2016

Vivo estresada



 O estresadísima, mejor dicho. Y no me vale que sea condición sine qua non para ser madre de verdad, con mayúsculas, de las que molamos mucho en la medida en que también sufrimos mucho mientras que las que no son unas lishsssstas, o unas flojas, o menos madres...o más sabias, lo mismo. No. No me vale. Vivo estresada desde que me incorporé al trabajo tras mi primera baja maternal y así sigo, tres años después. 


 Y me pasa factura: en la salud, en la paciencia con los niños, en el trabajo, en las relaciones con los demás. Esto no es bueno. Hoy día, echarse a la espalda la crianza de los hijos trabajando ambos progenitores y sin sostén familiar es heroico. Y nunca tuve madera de mártir, la verdad.

 Cierto es que lo pasado estos dos meses con el traslado fue una situación extraordinaria de estrés, pero en general vivo agobiada por el caos organizativo que supone trabajar los dos y tener a los niños atendidos. Curiosamente estoy casi igual de estresada aquí, que estamos ambos padres, que en Coruña donde solo estaba yo. Porque en Coruña los dos niños iban a la guarde, y mi horario era siempre el mismo con lo que el de la persona que trabajaba en casa, también. Por no hablar de que mi oficina estaba a quince minutos en coche de casa.

 En Gijón estamos juntos pero el padre trabaja a turnos, y conoce su horario la víspera. Y yo trabajo a una hora de distancia, y en mi nuevo puesto tampoco tengo todos los días el mismo horario. Encontrar a una canguro que esté disponible siempre que la necesitemos sin pagarle más que las horas que realmente trabaje, que no son muchas, es misión imposible y los nenes van uno a guarde y otro al cole. Mortal de necesidad. La muchacha que tenemos ahora es muy maja pero trabaja además en una pizzería, va dos tardes a clases de inglés y da también clases particulares. Y los domingos es catequista. Vamos que entre su agenda, los turnos del padre y los horarios de los nenes y míos a mi me va a dar un patatús. Con este estrés de no saber hasta el último minuto quién recogerá a los niños, quién los lleva, o quién va al cole de sopetón porque han llamado avisando de que el Moreno se hizo caca no puedo vivir, palabrita.

Correcaminos turulato de andar p'arriba y p'abajo tolsantodía




   A eso le sumamos que los gastos se duplican porque aún no alquilé el piso de Coruña. La semana pasada una familia que lo había reservado unos días me comunicó que les concedían el seguro de impago, con lo que lo alquilaban. Eso sí...en febrero, lo fimábamos ahora pero para empezar en febrero. Dije que en febrero, si seguía libre y ellos interesados, lo firmábamos. Y me callé que semejante condición hubiero sido genial conocerla de antemano, así nadie habría perdido el tiempo. La cuestión es que tras el estrés de buscar piso en alquiler ahora toca el estrés del casero. Del casero a 300 kmts, además. El asunto está en manos de una inmobiliaria, desde luego. Pero es que no poder intervenir, ver pasar los días sin saber si el tema se mueve, si hay visitas...también es una fuente de preocupación. 

 Añadamos a eso otros temas familiares, de salud, que van encarrilándose pero que merecerían mucha más ateción por mi parte de la que, en mis circunstancias, puedo darles. Y esa sensación de "no estar" donde debo y cuando debo es también letal a la hora de crear estrés. Vivo estresada, no disfruto de las muchas cosas buenas que tengo porque el caos diario me lo impide. Quiero pararme ¡ya! Pero no hay manera. Tengo que seguir corriendo a todas partes y cuidando de que el castillo de naipes cotidiano no se vaya al garete. A este paso no llego a vieja, afirmo.

  Y las de la guarde con una notita hoy pidiendo que mañana el Rubio lleve "una botella de plástico verde, que va a hacer un árbol". Qué cachondas...

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